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KONSTANTIN MELNIKOV, el estandarte del constructivismo soviético.

Melnikov es el constructivista soviético más conocido en el resto del Mundo, en un tiempo próximo al grupo «ASNOVA» de Ladovsky y Golosov, exploraba las implicaciones psicológicas y perceptivas de la arquitectura. Sin embargo, la posición a medio camino entre el constructivismo y el academismo lo marginó, primero de la enseñanza en Vjutemas y después de la práctica profesional, en un momento histórico en el que los matices no tenían suficiente fuerza de persuasión. 


El arquitecto a menudo era tildado de formalista -la mayor descalificación en la cultura soviética- por parte de sus oponentes contemporáneos. Este funcionalismo se basaba en la expresividad de la forma –de los volúmenes en movimiento- y, en la graduación de las apreciaciones tanto de la arquitectura nueva como de la histórica.  


El propio movimiento invitaba poco a un estudio de la historia de arquitectura o, incluso, de las posibilidades que el movimiento moderno estaba aportando en toda Europa. El constructivismo hacia bandera de la funcionalidad y, estaba totalmente enfocado para ser entendido y disfrutado por la clase social del proletariado.


Melnikov nació en una familia de clase obrera en un barrio suburbano cercano a Moscú.  El joven Konstantin estudió pintura y, luego, arquitectura en la «Escuela de Pintura, Escultura y Arquitectura» de Moscú de donde se gradúa en 1917. A partir de este momento, desarrolló un plan urbano para Moscú y, luego, trabajó en la misma escuela en la que había estudiado como maestro hasta 1923. Es después de este momento, cuando se puede apreciar un cambio drástico y radical en su obra, dedica gran parte de su tiempo a estudios de innovación en el campo de la arquitectura.

 

La primera gran obra arquitectónica de Melnikov fue el «Pabellón Soviético» de 1925, el cual se realizó para la «Exposición Internacional de Artes Decorativas e Industrias Modernas» en París. Este trabajo llamó poderosamente la atención internacional, al carecer de toda decoración y reflejar la visión más vanguardista de la recién formada URSS.


El Pabellón Soviético de 1925 por Konstantin Melnikov.


Uno de los grandes objetivos de Konstantin era combinar, la representación de los nuevos ideales y valores revolucionarios soviéticos, a la vez que defendía el derecho a la expresión personal del individuo. Una difícil tarea, especialmente porque debía representar a todos los pueblos soviéticos, con la particularidad añadida de que, era la primera presentación ante el Mundo de la nueva Unión Soviética, tras la Revolución Bolchevique de octubre de 1917.

Melnikov eligió un lenguaje basado en la abstracción y en la sencillez, el cual renuncia a cualquier tipo de ornamento, para representar a las nuevas Naciones de la URSS. La imagen ligera y transparente del exterior del pabellón quería corroborar el momento de vanguardia y modernidad por el que atravesaba el país.



El «Pabellón Soviético» de 1925 por Konstantin Melnikov.

El pabellón se hizo con un exiguo presupuesto, siendo totalmente montado en la Unión Soviética por el ingeniero B.V. Gladkov, para posteriormente trasladarse a París, en donde fue instalado en un pequeño solar rectangular en la Avenue Le Rien, bajo la supervisión del propio arquitecto.

Melnikov conoció a Le Corbusier a raíz durante el viaje a París, para supervisar la construcción del pabellón. En esta ciudad también recibió el encargo el proyecto del «Garage 1000» por parte del ayuntamiento, el cual era un aparcamiento para 1000 automóviles, aunque nunca fue construido.


El diseño arquitectónico «Garage 1000» de Konstantin Melnikov.


Los estudios del «Garage 1000», sirvieron como base para la construcción de los garajes Bakhmetevsky en Moscú, los cuales realizó junto a Vladimir Shukhov. Este proyecto es un claro ejemplo de, el uso de sistemas industriales aplicados a la arquitectura de vanguardia. En la actualidad el edificio ha sido restaurado y transformado en una galería de arte.


Los garajes Bakhmetevsky en Moscú.

La “época dorada” – en su sus propias palabras- de Melnikov en 1927, fue cuando desarrolló siete proyectos de “clubes para obreros”, entre ellos el club Rusakov, encargado por el sindicato de los obreros tranviarios de Moscú.  La forma de cuña, base del diseño, dota al proyecto de nuevas posibilidades escultóricas y simbólicas.

 

El club de trabajadores de la fabrica Rusakov.

El club de trabajadores de la fabrica Rusakov.

 

La propuesta de Mélnikov sobre la «Ciudad Verde» de 1929, fue posiblemente su proyecto más radical: la idea principal era asegurar la máxima calidad de sueño, planteando la ciudad como la máquina para dormir. 




El problema de la clase obrera era el descanso, debido a que las 8 horas de trabajo se alargaban sistemáticamente para cumplir o superar las cuotas de productividad establecidas por el plan. Además, había trabajo voluntario para la comunidad, horas de educación continua, reuniones interminables de las células políticas y sesiones de autocrítica que, hacían desaparecer a las 8 horas libres, sin contar que, alguna hora del sueño que también se reducía por la pérdida de tiempo en desplazamientos o abastecimiento. 


En la memoria del proyecto Mélnikov escribía: 

“...y ahora cuando oigo que nuestra salud necesita de alimentación, yo digo que no, que lo que necesita es sueño. Todos dicen que para descansar se necesita de aire, y yo digo nuevamente que no: sin sueño el aire es incapaz de restablecer nuestras fuerzas".


Las unidades residenciales de dormitorios colectivos eran su elemento base, cada una para 4000 personas, organizadas de tal manera que permitían un sueño profundo e ininterrumpido y cuyo diseño tendría que unir los conocimientos de médicos, músicos, arquitectos y otros técnicos. 


El bloque –de tipo cuartel- consistía de dos alas unidas por el núcleo de comunicaciones y servicios mientras que los extremos de cada una son reservados para las áreas de control ambiental. El aislamiento o el control acústico era lo más importante para hacer agradable y sobre todo funcional el sueño individual en un dormitorio colectivo.


Mélnikov calculó que la ciudad tendría 12 de estos bloques situados a lo largo del anillo perimetral, mientras que el interior se dividía en sectores de bosque, jardines y huertos, ciudad infantil, zoológico, sector público. El centro geométrico del círculo se destinaba al Instituto de la Persona, marcado en el plano con una estrella, donde los trabajadores recibían la educación ideológica. 


La «Ciudad Verde» tenía otras edificaciones con contenidos afines a la función general de descanso: estación de trenes que aprovechaba la gran cubierta de los andenes para convertirse puntualmente en sala de conciertos, hotel con pabellones turísticos y bloques de viviendas para los empleados del centro. 



Estos bloques se pensaron como “galerías públicas” o “domésticas” -como las llamaba Mélnikov- de 200 metros de longitud donde en la planta baja se situaban las viviendas y en la planta primera los contenidos públicos: biblioteca, guardería, cafetería, etc. 

El hotel municipal, también de dos largas alas de habitaciones, proponía escalar en tres niveles el interior de cada habitación para permitir un asoleamiento total y una ventilación óptima del espacio interior, incluso se llegó a construir una habitación a escala 1:1. 



Los pabellones turísticos – uno cónico y otro en forma de pirámide invertida- recordaban a las formas de su pabellón de París de 1925 o del proyecto para el faro dedicado a Cristóbal Colón, también de 1929.



La «Ciudad Verde» toca el límite de la distopía en el punto donde plantea que una estructura superior -el estado- pueda llegar a colectivizar y controlar el sueño, el último reducto de la individualidad que quedaba tras la total ocupación y organización del tiempo libre. 


El proyecto de Mélnikov, más que una solución para un barrio de descanso puso de relieve las carencias de la calidad de vida individual de las ciudades proyectadas desde la funcionalidad y la eficiencia. La máquina para dormir fue una manera de decir que el bienestar psicológico tenía la misma importancia para el individuo -o para el proletario- que el bienestar físico. Por encima de la abundancia del aire limpio, de los árboles y de la luz natural, había que hacer un esfuerzo profesional para añadir las calidades: olores, temperatura o humedad, colores e intensidad, sonidos y silencio.


Una de sus obras mejor conservadas es su propia casa, construida también en 1929, la cual ahora es la “casa museo” Melnikov, una iniciativa que se ha dado a la tarea de restaurar la casa y mantener con sus trabajos, la mayor fidelidad posible a la construcción original. La casa Melnikov se localiza en pleno centro de Moscú, siendo construida inicialmente como modelo para las casas obreras. El diseño consiste en dos torres cilíndricas de color blanco, con una serie de ventanas hexagonales distribuidas simétricamente a lo largo de toda su fachada.


La casa Melnikov en Moscú.

La casa Melnikov en Moscú.

Melnikov creó su propio estudio en Moscú en 1933, en unos talleres colectivos llamados «Mossovet». Este mismo año tuvo lugar en Milán una exposición, en el marco de la «Trienal de las Artes Decorativas & la Arquitectura», en ella se presentaba el trabajo de 11 conocidos arquitectos, entre los cuales, Melnikov era el único ruso.


El club de trabajadores de la fábrica de porcelana de Dulyovo.

El club de los trabajadores de la fábrica de Svoboda.

Konstantin Melnikov participó en el concurso para el «Palacio de los Soviéticos» de 1934, junto al proyecto para el «Comisariado del Pueblo de Industria Pesada», un proyecto utópico muy interesante por sus bases estéticas.




Una lenta y agónica decadencia empieza a partir de la década de los cuarenta, lo que desemboca en numerosas acusaciones hacia su arquitectura, tachándola de “...extravagante, monumental y formalista”, lo que terminaría apartándolo de la profesión. Este ostracismo le llevaría a terminar recluido en su casa, malviviendo como pintor de retrato hasta el día de su muerte en 1974.


Konstantin Melnikov en sus últimos años.

Konstantin Melnikov en sus últimos años.



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